Boscosos y enmarañados,
los pensamientos discurren por laberínticas conexiones arborescentes de
neuronas. Siempre he creído que el árbol ha conquistado para sí un puesto campeón
en el mundo de los símbolos: el Ygdrassil cósmico, el Árbol del Edén, el del cuento tolkienieano Hoja de Niggle, el estilizado y finísimo del Salix babylonica, el Árbol Filogenético de nuestra especie y los demás seres vivos, los sabios
Ents y un largo etcétera. Ahora nos encontramos con ese esquema concomitante que nos ofrecen las redes neuronales: la información obtenida sobre la realidad circula por nuestro
cerebro ramificándose ad nauseam a lo largo de innumerables autopistas; son justo estas redes las que configuran el órgano gracias al
cual el mundo se abre ante nosotros. Cuando pienso que la realidad debe de
estar vertebrada al modo de un gran Árbol, no lo pienso tan sólo como lo hacían
los escandinavos en su imaginario cosmológico; la psique misma puede ser también imaginada con la metáfora arborescente, imaginada como un árbol que hunde sus raíces bajo el humus de lo inconsciente, lo oculto a
nuestros ojos, mientras expone su tronco y su copa a la claridad solar,
como ocurre con la conciencia despierta. Y no queda todo ahí: Ovidio llegó a relatarnos en sus Metamorfosis el
sin par desenlace de los honestos ancianos Filemón y Baucis, tras cuya muerte
transformaron los dioses respectivamente en roble y en tilo, ladeados sus troncos
como buscando acariciarse con su hermoso follaje, testimonios imperecederos de verdadera compañía
y amor. En fin: hasta los árboles también se aman.
¿Qué tal si adoptamos una visión "dendrológica" más afín a nuestra globalizada y compleja era?

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